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HISTORIA DE FASENUOVA. PARTE I

HISTORIA
Todavía no sabemos muy bien lo que hacemos pero el caso es que Roberto Lobo y yo mismo, Ernesto Avelino, encontramos una manera de comunicarnos hace ya más de 10 años, justo cuando empezamos a romper amplis juntos y a poner en funcionamiento cajas de ritmos a toda máquina, haciéndolas pasar por todo tipo de distorsiones y efectos. Los micrófonos seguían acoplando, en un pitido ensordecedor, y nosotros aguantábamos la tentación, casi física y del todo instintiva, de bajar el volumen inmediatamente, dejando que fueran modulándose solos, creando un paisaje tan sólido como el real. Queríamos explorar lo que había más allá de esa frontera que casi nadie se atreve tan siquiera a merodear. Más allá de las puertas del ruido. El pitido estridente del que todo el mundo huye cuando hace una prueba de sonido era, y sigue siendo, nuestro punto de partida. Para nosotros tocar es una forma de "ir al otro lado", de "darle la vuelta al sobre", de vivir otra vida, de permanecer en un espacio en el que las ondas de choque comprimen el cuerpo a la vez que alteran totalmente la consciencia. Otra vida, otra muerte, otro lugar, otra física, otra energía, otra sexualidad, sobre un escenario, exhibiendo nuestra lascivia... Libertad y poder. Todo el poder que reclamamos, que necesitamos, para ser libres.

Nuestra música tardó mucho tiempo en rebasar los estrechos límites de nuestro pueblo: una villa asturiana asolada por la crisis industrial del tardo franquismo a la que, por si fuera poco, se encargó definitivamente de devastar la clase política que asumió luego el poder, apoyada mayoritariamente por los votantes, con la promesa de convertirla en un paraíso próspero e igualitario. Nuestro mundo estaba cambiando. Las minas y las fábricas cerraban: la gente huía. Unos hombres sin luces, educados por Franco, gobiernan, a duras penas, el desastre del que ellos mismos son, en gran medida, responsables. Una clase política totalmente corrupta y anómica. Unas prácticas sindicales capaces de dejar pálido al mismísimo Jimmy Hoffa.

Crecimos rodeados de ruinas industriales que se oxidaban al aire como si fueran mastodontes de hierro y hormigón, abandonados en el mismo lugar donde les había sorprendido una muerte fulminante y repentina. Espacios abiertos al juego donde uno podía coger el tétanos alegremente y pasarse el día cubierto de barro lejos de las miradas protectoras de la familia. Decorados de una batalla de ciencia ficción poblada de seres que inventábamos a cada paso. Resonaban todavía las voces de los trabajadores, accionando poleas, torneando piezas de acero engrasado y pulido. Somos hijos de un ejército de mecánicos: nibelungos que abrían las puertas ciclópeas de los hornos altos o que caminaban llenos de energía vital hacia las jaulas de las minas. Había minas por todas partes, con sus castilletes presidiendo cada rincón del paisaje, lo mismo que las chimeneas de las fábricas. Viejas chimeneas de ladrillo, como la que se erguía en Mieres, decorada con un yugo y flechas metálico, enorme, que sin duda tardó mucho tiempo en quitarse, tanto, que cuando se quitó ni siquiera tenía ningún sentido hacerlo.

Escombreras en el bosque y a los lados del camino: piedra lunar molida, que parece imantada, mezclada con un polvo gris fibroso, como si fuera un yacimiento de amianto, en un talud que te invita a bajar hasta el fondo, lejos de la vista de todo el mundo... Extraños edificios entregados a la maleza en medio del monte. Un tiempo que se perdía en un pasado remoto; caminos negros, senderos de tierra negra extraída de las profundidades y usada de relleno por doquier. Negro y verde. Ríos turbios: a su paso las fábricas arrojaban todo tipo de fluidos venenosos y llamativos que bajaban irisando las aguas. Aguas negras del carbón de los lavaderos fluían ácidas quemando las orillas. Un territorio repleto de basuras, revistas, fotonovelas, embases de detergente y lejía. Un reino de color en la patria ribereña de las ratas. Ratas gigantes que matábamos sin piedad, poseídos por un odio atávico que liberábamos inyectados en adrenalina, golpeándolas hasta el fin de sus días de miserable roedor de plástico, color ceniza de cocina de carbón. Ratas humanas: clase obrera rural que vivía en pisos de baja renta regalados por El Caudillo para apuntalar la paz social. Y las segundas residencias: los "chabolos". Hechos con troncos sin pelar y recubiertos de latas de aceite de oliva: una delgada piel metálica clavada con puntas que repetía como un calidoscopio escenas andaluzas por las paredes exteriores. Repletos de revistas porno y de herramientas, aquellos cubículos, dignos de un catálogo de "Arts and Crafts", eran los templos de la masculinidad. Estaban un poco alejados de las casas y de los barrios, lejos, por lo tanto, de las mujeres. Olor a tierra empapada; el monte como territorio abierto a la exploración; manantiales de agua fría y cristalina; el monte del sexo salvaje a escondidas: ortigas púbicas...

Rodeadas de bosques por todas partes y surcadas por los pequeños ríos que recorrían las agüerias se iban arracimando las casas, en concentraciones urbanas de diferente tamaño, por aquel entonces muy pobladas. Mieres, Muries, Returbio, Uxo, Turón, Figareo, Lada, Sama, Llangreo, Tuilla, Ciañu. Su asfalto era una alfombra roja que pisaban hordas de yonkis con el pelo pegado a la cabeza y los ojos vidriosos: iban y venían sin cesar. Con la mirada perdida en el infinito se enseñaban mutuamente, con su voz arrastrada y su lengua imprecisa- aquel asturianu lleno de giros de calle, mezclado con anglicismos tomados en préstamo sin mediar ninguna erudición, y plagado de nicks tan originales como crueles: "putina", "motorilu", "arrozconpitu", "politriqui", "venticatorce", "UFO", "chori" "gatutriste", "perrumuertu", "anula", "cebolla", "arandela", "piescu","buliquito", "jujo", - su rudimentario romanticismo de la fatalidad y los enciclopédicos conocimientos de insomne sin luces, que se sabe al dedillo cualquier cosa absurda y que elevaba a categoría de conocimiento primordial el argumento de un spíderman, la vida de Kung fu o la muerte de los mártires del rock: uno de los sacrosantos temas de leyenda callejera que escuchábamos sin pestañear.

A la vista de los barrios donde nos criamos, de los hombres que se agrupaban en los chigres en los días de lluvia inclemente, a su sombra, se materializaba el verso del autor de Pandémica y Celeste, "Rusia estaba muy lejos y muy lejos Detroit". Pero como un destello fugaz al que hay que perseguir sin remedio, en los cómics, en las películas y en la música, sobre todo en las películas, nos conquistaba sin cesar, irresistible la tentación de aquel brillante deseo: pues la promesa de América rondaba en cada esquina.

En medio de aquel mundo unos muchachos se hicieron amigos. Les gustaba vestirse de negro, amaban a Tristan Tzara, a Marcel Duchamp y a Kraftwerk, y estaban empezando a comprar por catálogo los primeros discos de Esplendor Geométrico, Throbbing Gristle o Whitehouse.

Y así empezó todo. La etapa inicial de nuestro trabajo fue realizada en un régimen de total aislamiento. Pienso que tanto Roberto como yo, en aquel entonces, acariciábamos la idea de vivir apartados del resto de la humanidad. De aquellos años tenemos interminables sesiones de grabación llenándose de polvo. Nada más comenzar hicimos unas cuantas canciones que luego autoeditamos en un cedé al que prácticamente no le dimos difusión alguna. El ambiente en el que vivíamos, la autarquía de un grupo de amigos que no tienen nada que ver con el mundo que les rodea y que tienen unos elementos estéticos completamente externos y ficticios llevó a que le pusiéramos por título, en contra de nuestras más íntimas percepciones identitarias "Eje Excéntrico del ritmo español, o el nacimiento de la música sincro". Dejamos que la fantasía se apoderase de la imagen y aludimos así, de forma irónica y amarga a la vez, al hecho de que nadie se iba a enterar de nada. Algunas copias fueron distribuidas por Rotor, en Madrid: los únicos que se hicieron eco del proyecto.Otro gran amigo, Iván Díaz Cué, hizo lo posible porque se nos conociera también en Madrid y repartio copias a Oscar Barras y a David Krapoola, de los que nos llegaron muy buenos feedbacks. De aquel momento son las canciones "ronck'n'roll" o "Eje Loco". Hicimos algún concierto por Asturias justo en esa etapa. El público salía siempre despavorido de las salas, huyendo del volumen y los gritos a los que lo sometíamos. A continuación hicimos otra larga grabación que llevó por título "Goodbye II", en la que incluimos algunas canciones en directo. También recogimos unos ensayos en video, a modo de documento: "Ell está llena de gracia". Nuestra realidad artística era intensa en lo creativo pero un poco triste en cuanto a la repercusión pública de lo que hacíamos, con la consiguiente dedicación demasiado parcial al proyecto. Sacamos un mini cedé con tres canciones y deambulamos por locales de ensayo sin rumbo, castigando amplificadores hasta la extenuación. Seguimos acumulando grabaciones, cientos de horas que todavía no han visto la luz y que a veces nos dedicamos a clasificar con una paciencia infinita. Hasta que un día, mejor dicho, una noche del verano xixonés, todo cambió. Bajo la luz de vapores de sodio anaranjado de las farolas de Cimavilla, en medio de la multitud, vimos de repente a un tipo que llevaba puesto en el brazo un parche del "Flash" de Throbbing Gristle. Me llamó la atención y le dije a Roberto "viste esi? trai un parche de throbbing", Roberto respondio "igual nun sabe nin quién son" y yo seguí " ya, igual lu compró porque-y gustaba'l rayu, caro, normal, colo guapu que ye...", después seguimos un buen rato hablando de que aquellos grupos que nos gustaban tanto y nadie conocía, serían la próxima moda de masas y que lo más probable, una conclusión habitual en aquellos días, era que nuestras composiciones no vieran la luz jamás. Tras esos comentarios, con el día clareando por la loma del cerro, fuimos a hablar con aquel chaval. Era Nacho Estrada Nora, "El Ortiga". Quedamos en que nos escribiríamos pronto y que intentaríamos hacer un concierto juntos. A partir de este momento nuestra historia es más conocida. El siguiente capítulo fue nuestra participación en el festival "Cap Sembrat", de Barcelona. Cuando llegamos nos estaban esperando, además de los compatriotas de Defensa, Arnau Sala y Adrián de Alfonso. Ellos conocían nuestras canciones, nos preguntaron por "Mano de cinco" y cosas por el estilo. Tras las presentaciones nos llevaron hacia el backstage. Allí había unos tipos comiendo, que, en realidad, esperaban por nosotros para comenzar el montaje: eran Robert Francisco y Nathaniel Davies. Luego apareció Pablo Díaz- Reixa "El Guincho". Esa tarde rompimos definitivamente el cerco que se cernía sobre nosotros. Dimos un concierto que empezó con "Noche en la gran ciudad" y con "Ritmo salvaje, ritmo bestial" y que terminó con "Fase Nuova", - título que ni siquiera pensábamos en adoptar como nombre para el grupo-. Et tout le rest est literature.
28.04.17